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| Boris Spassky y Bobby Fischer en una escena del documental "Bobby Fischer Against the World" 3 de junio del 2011. Bloomberg
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Hace 40 años...
Era la época de la disuasión nuclear, de los misiles intercontinentales y el teléfono rojo. Años en los que no parecía descartable un enfrentamiento nuclear entre USA y la URSS, con la mutua destrucción asegurada. El antagonismo entre las superpotencias elevaba el termómetro en aquel verano de 1972 y la tensión que amenazaba con llevárselo todo por delante acabó por estallar de la forma más incruenta que pueda imaginarse: en un tablero de ajedrez.
El aspirante, Robert James “Bobby” Fischer, era el prototipo de vaquero solitario que solo la cultura americana podía producir, y por eso hacía ya años que se había convertido en un personaje atractivo para los medios de comunicación. Criado por una madre divorciada en Chicago primero y en Brooklyn después, encontró la vía para dar salida a sus ilusiones en el juego de ajedrez que su hermana mayor compró en una tienda de chucherías y con cuyas escuetas instrucciones ambos aprendieron de forma autodidacta.
Durante unas vacaciones de verano, Bobby Fischer encontró un viejo libro de ajedrez: ‘Aquello fue un sensacional hallazgo, un tesoro’, le confesaría el jugador americano al colaborador de La Vanguardia Román Torán, que durante décadas compuso los problemas de ajedrez de la sección de pasatiempos de este diario y que lo conoció muy bien.
La madre de Fischer escribió al diario Brooklyn Eagle buscando contrincantes de la edad de su hijo, y le recomendaron que participase en una partida simultánea, que perdió en tan solo 15 jugadas. Eso no le desanimó ni a él ni a uno de los espectadores, el secretario del Club de Ajedrez de Brooklyn, que le enseñó en profundidad. En 1955 participó en dos campeonatos nacionales con resultados muy modestos pero al año siguiente, a la precoz edad de 13 y para sorpresa de todos, se proclamó campeón junior de Estados Unidos, ganando ocho partidas, empatando una y perdiendo solo otra. Un talento excepcional acababa de extender su tarjeta de presentación.
El niño Fischer tomó entonces una decisión trascendental: dejó los estudios. ‘¿Qué me pueden enseñar en la escuela para ser campeón mundial?’, decía. Se consagró en cuerpo y alma al ajedrez y la diosa Cassia –musa de los tableros– le compensó: inició una ascensión sin precedentes en la historia que le llevó a ganar el campeonato de Estados Unidos absoluto las ocho veces en que participó, una de ellas, la de 1963-64, venciendo en las 11 partidas que disputó, un registro más allá de lo humano.
Su ímpetu juvenil, su autoconfianza y un carácter propenso al conflicto le llevaron pronto al antagonismo con los soviéticos, que acostumbraban a copar las victorias en los mejores torneos internacionales. En diversas ocasiones, se quejó de que las condiciones de juego los favorecían y les lanzó todo tipo de acusaciones, que se resumen en una de sus frases más arrogantes: ‘Me han puesto siempre dificultades, pues saben quién les va a derrotar’. Con afirmaciones como ésta –y con un juego de ataque bello y demoledor como nunca se había visto antes, ni después–
Fischer se convirtió en el favorito del ‘mundo libre’.
En diciembre de 1970, Bobby puso en España la primera piedra para su asalto al campeonato del mundo, al vencer arrolladoramente en el Torneo Interzonal de Palma de Mallorca. Luego, en las posteriores eliminatorias individuales destrozaría a sus contrincantes, tres de los mejores jugadores de la época, venciendo a dos de ellos por un humillante 6-0.
Una vez ese obstáculo quedó salvado, Fischer puso muchos otros: se quejó de la iluminación de la sala, del tipo de tablero y del modelo de piezas escogidas, y también de la posición de las cámaras de televisión. Fue todo un festival de exigencias que se sucedían ante la paciencia del mucho más calmado Spassky, que se limitaba a decir: ‘Dejaré eso para Bobby. No tiene importancia para mí’. Sin embargo, con sus requerimientos, Fischer conseguía ganar la primera batalla antes de empezar: la del juego psicológico.
Lo increíble es que después de todo el juego psicológico, el temible Fischer resbaló en el juego real y perdió esta primera partida –en una posición igualada y sencilla– al cometer un error de cálculo indigno de su nivel y regalar uno de sus alfiles. El mundo quedó decepcionado.
La segunda partida ahondó en la sensación de perplejidad: Fischer, que ya se había quejado de las cámaras de televisión no las quería en la sala. Su petición no se aceptó y él no se presentó a jugar la partida en protesta por ello y la perdió. La situación se tornó crítica: si alguien no cedía, el match se encaminaba a la derrota por incomparecencia de la estrella americana.